






DIDAC. Santiago de Compostela
Françoise Vanneraud
Françoise Vanneraud
La obra de Françoise Vanneraud se asienta en el viaje del espectador, físico y mental, pero sobre todo incierto, inaccesible, de esos que se conjugan entre lo real y lo imaginario, entre el silencio y la palabra. Como espectadores nos vemos atrapados, atraídos por el abismo de un paisaje fracturado que proyecta esas fisuras en nuestra percepción. La realidad se nos muestra directa, aun cuando permanece encriptada, porque se trata, antes de nada, de un itinerario emocional, que se experimenta desde dentro, desde el recuerdo, en una especie de proceso de interiorización, que nos facilita el mapa aunque paradójicamente sea para perderse.
En ese camino se produce el encuentro inesperado y el proceso plástico se resuelve como eco de un instante que se aparece y permanece pendiente, como en el cine de Tarkovski, con su capacidad de transitar o aproximar las distintas escalas. Son obras que comparten una manera de adentrarse en lo abisal de un territorio conocido que se nos presenta como espacio intersticial, como si a cada forma conocida le correspondiese un proceso de abstracción. Lo advertimos en sus mapas, donde suprime los países para recrear un agujero que solo tiene agua y se convierte en un paisaje sin fronteras, compartido. También en sus postales, donde aparecen icebergs en medio de la nada, creando islas entre lo poético y lo catastrófico.
El vacío, en ambos casos, pasa a ser una sutil membrana que se resuelve como elocuente escenario, dejando de ser un espacio neutro. Es como si quisiese hablarnos de la memoria desde el olvido, para que como espectadores seamos capaces de conjugar ideas en esa suerte de narrativa abierta, que nos obliga a caminar, a veces literalmente, como en la instalación que da título a esta exposición: ni principio ni fin. Esta enorme instalación se proyecta a partir de fragmentos montañosos —Atlas, Alpes, Cordillera de los Andes...— que se deslizan en su pintura, de la cual se desprende el hielo para acabar convirtiéndose en un archipiélago de icebergs que se expande por el suelo en una suerte de cuadro dentro del cuadro, con forma de paisaje que se descompone. Las grietas en el paisaje nos recuerdan los problemas del cambio climático, pero sobre todo, este territorio quebradizo nos lleva al sentido de deriva como manera alternativa de ver y habitar la realidad, en la que para encontrar algo resulta necesario perderse.
Françoise Vanneraud no trata de representar el mundo sino de recomponerlo. Es algo que Arthur Danto intuía ya como tarea de los dadaístas como John Heartfield. Conforma así paisajes mentales a partir de recuerdos y experiencias vividas, auscultando el territorio y proyectando sus imágenes como poéticos enigmas que funcionan como resonancias de lo real. Nuestra mirada se concentra y la obra se condensa. Didi-Huberman lo llama “espesor” antropológico. Entre tanto, la realidad se conjuga como interrogante y la experiencia retiniana no es más que la punta del iceberg de la realidad global. Como dirá el propio Didi-Huberman, cuando ver es sentir que algo se nos escapa ineluctablemente: dicho de otra manera, cuando ver es perder. En las obras de Françoise Vanneraud tratar de acceder al misterio significa efectivamente un alejamiento, un viaje sin principio ni fin.
Françoise Vanneraud es una artista francesa que trabaja el tiempo y el paisaje como territorio y como narrativa histórica, como memoria, a través de la fotografía, el dibujo, la pintura y la instalación con vocación performativa. La exposición Ni principio ni fin, un paisaje a la deriva es un proyecto que cuenta con la ayuda de la Deputación da Coruña y la colaboración de la Galería Ponce + Robles.
Comisario: David Barro
Fotografía: @roialonso_fotografia
Inauguración 9 de junio a las 19 horas
